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viernes, 11 de enero de 2008

el miedo


De niña me asustaba imaginar las tinieblas. Me asustaba el pensar en paisajes fantasmagóricos. Los que veía en las ilustraciones de los cuentos cobraban vida en mi dormitorio por la noche, en la cama, cuando todo estaba oscuro. Me venían a la cabeza entonces, escenas truculentas: la niña sola perdida en el campo, entre las sombras, huyendo de una bruja que sonríe mostrando sus uñas retorcidas… Mi fantasía se encargaba de animar esas criaturas, creando una escena fantasmal: la noche en un bosque de árboles viejos, que miran, hablan y tocan. .
Hoy día temo observar mí alrededor. En el metro no me atrevo a mirar la oscuridad de los túneles, en el avión vuelvo la cabeza a la ventanilla, al vacío, en el autobús cierro los ojos cuando a mi lado aparece un alma siniestra.
De niña la realidad peligrosa me emocionaba, asomarme a un barranco, subirme en la noria, contemplar de cerca una herida abierta me atraían como el imán al hierro.
Hoy el miedo fantástico me produce indiferencia o risa.
Ahora, ya mayor, es la realidad lo que me aterra.

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