Mi Colegio

El día en que me fui a vivir allí todos los relojes se pararon.
No puedo recordar cómo llegué, pero si me recuerdo de pronto plantada en aquel lugar tan grande y no olvido los días que me llevó el aprender a orientarme, descubrir el camino que me guiase de un recinto a otro, reconocer la mirada de los patios interiores mostrándose lánguidos a través de las ventanas.
En un principio todo fue invierno, el frío traspasaba palabras y pensamientos dejando las emociones blancas como nieve temiendo deshacerse.
Durante un tiempo anduve perdida entre su gente, seres misteriosos que incitaban a refugiarse en interminables pasillos desnudos por los que caminaba escuchando solamente el ruido de mis pasos.
Un jardín frondoso que escudriñaba a ratos, rodeaba el recinto de mis días. En primavera nunca vi tantas flores ni respiré tantos aromas juntos frente a la puerta principal, adornando lo que mas a la vista estaba, cuidando la apariencia, parterres ordenados, setos bien podados, y al fondo una acequia lo suficientemente caudalosa como para señalar un límite.
A la espalda sin embargo todo eran sombras y humedades, el refugio perfecto donde alto y recio un viejo muro nos vigilaba dividiendo la realidad en dos mitades. Cuando conseguías traspasarlo los relojes de nuevo se ponían en movimiento.

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