por debajo del agua

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viernes, 23 de octubre de 2009

La primera noche fuera de casa

Mirando hacia el oeste, el día seis de julio, sobre las 20:50, Saturno, Marte y Régulo aparecen alineados junto a la luna creciente.
Este verano va a ser diferente. Este mes de julio ya es distinto. Algo cambió de pronto.

A las doce Hércules preside el firmamento, Arturo descendiendo a un lado, Altaír, Vega y Deneb por el este levantándose. Hacia el sur, encima del mar, titilando, Antares.

Dónde estás tú ahora. En qué universo de sentidos te encuentras acostada, quizá despierta todavía. Qué estrellas asoman por tu ventana esta noche de verano. Tu ventana nueva, tu cama que ahora es féretro oscuro en mi sentir de hija huérfana.

Madre, madre te llamo y ya no estás en nuestro mundo, el mundo que vivimos tanto tiempo. Estás en otro sitio que no conozco, que no podemos compartir. Ya eres de otros. Ahora eres hija de otros que apenas adivino. Tu vida, mi vida ya son otras.

Madre, por qué no puedo ir a consolarte. Madre, por qué ya no puedo ser capaz de consolarte. Y es que ya no soy hija de aquella que eras. En un suspiro veo que pasas a ser esa piedra viva en la que crecen el musgo y los líquenes. Ya no me conoces. Has entrado en un mundo inaccesible. Un mundo que no entiendo aunque quisiera, ese mundo de los seres inertes pero vivos.
Porque seguro madre te convertirás en roca, roca granítica cubierta de musgo fresco cuando llueva. Por encima de ti correrán lagartijas y tomarán el sol tumbadas las culebras. Se posarán los pájaros y cruzarán también de paso las hormigas arrastrando semillas, cosquillas suaves en tu cuerpo templado de julio. Tú estarás ahí siempre madre, siempre mientras yo viva, que una roca así resiste siglos. Estarás observando el cielo que yo miro, las mismas estrellas nos señalarán en un momento, nuestro parecido, nuestros genes, la parte que somos de lo mismo.


Ya no eres madre, aunque yo me empeñe así en llamarte, ahora eres hija, la hija que arropan las estrellas.


Duerme tranquila madre, descansa poco a poco de esta vida de locos. Olvida, olvida, continúa olvidando todo aquello que se le ocurra oscuro a tu incierta cordura.

Que los viejos astros velen tu sueño de niña, que la brisa del monte, ese monte tan tuyo que seguirá presidiendo el paisaje de tus últimos años, aleje los momentos tristes y de melancolía.


Buenas noches madre. Mañana será otro día de sol en el que posiblemente cederá la amargura de esta noche larga.

viernes, 27 de febrero de 2009

Mi Colegio



















El día en que me fui a vivir allí todos los relojes se pararon.

No puedo recordar cómo llegué, pero si me recuerdo de pronto plantada en aquel lugar tan grande y no olvido los días que me llevó el aprender a orientarme, descubrir el camino que me guiase de un recinto a otro, reconocer la mirada de los patios interiores mostrándose lánguidos a través de las ventanas.

En un principio todo fue invierno, el frío traspasaba palabras y pensamientos dejando las emociones blancas como nieve temiendo deshacerse.

Durante un tiempo anduve perdida entre su gente, seres misteriosos que incitaban a refugiarse en interminables pasillos desnudos por los que caminaba escuchando solamente el ruido de mis pasos.

Un jardín frondoso que escudriñaba a ratos, rodeaba el recinto de mis días. En primavera nunca vi tantas flores ni respiré tantos aromas juntos frente a la puerta principal, adornando lo que mas a la vista estaba, cuidando la apariencia, parterres ordenados, setos bien podados, y al fondo una acequia lo suficientemente caudalosa como para señalar un límite.

A la espalda sin embargo todo eran sombras y humedades, el refugio perfecto donde alto y recio un viejo muro nos vigilaba dividiendo la realidad en dos mitades. Cuando conseguías traspasarlo los relojes de nuevo se ponían en movimiento.



domingo, 9 de noviembre de 2008

votación




Creo que es ella, tiene la mirada de siempre, seria, desconfiada. Parece un poco mayor, mayor para sus años, de verdad está estropeada, otro de nuestros tiempos no la hubiera reconocido. Yo sin embargo no puedo olvidarla. Anduvimos inseparables los años intensos del bachillerato. Ella, mi mejor amiga quién lo diría, un buen día desapareció , justo al terminar el colegio. No le gustaban mis amigos, lo sé, no le gustaba mi vida. Seguro que adivino a quién votará, mírala se esconde en la cabina para elegir su papeleta, igual que se perdía cuando la llamaba y la llamaba y no le interesaba mostrárseme oculta en sus pensamientos, en sus suspicacias absurdas.
No sé si saludarla ¿qué hago? ¿Sabrá quién soy? ¿Se alegrará de verme? Quizás no quiera recordar aquél tiempo feliz de la infancia. Creo que va acompañada de otra cara seria, parecen alejados, lejanos el uno del otro, ella no parece contenta, supongo que no son felices, pero ¿y yo? Quién soy yo para juzgar.
Deseo abrazarla, abrazar quizá esa parte de mi infancia, reencontrarme con aquellas niñas felices. No quiero dejarla ir así, no quiero dejar pasar esa parte de mí que con ella fue alegría, risas, cariño. No quiero verme abandonada de nuevo como cuando partió sin decir adiós, sin explicar apenas nada, sin una mirada, sin un gesto. Creo que me ha visto pero vuelve la cabeza. Creo verla mirarme de reojo mientras rebusco entre las papeletas mi elegida, sin esconderme, que me vea, que imagine, que compruebe que soy la de siempre, que nada he de ocultar aunque me cueste, me cueste mostrarme de esta manera a costa de su desidia. No quiere saludarme, y yo no puedo acercarme así, no podría soportar otro de sus desaires. Pasamos cerca, nos rozamos casi. Ella con su ropa bien planchada, su pelo brillante y yo que olvidé quitarme estos pantalones antiguos, que vengo con los zapatos más usados, me siento indefensa , me humilla su mirar de reojo y no acercarse pero ¿ y yo? ¿qué pensará ella? Ella tan seria con su compañero meditabundo. Puede que me tache de cobarde, de estúpida.
Una persona de la mesa lee en voz alta mi nombre mientras comprueba los datos en mi carné de identidad. Siento que da un respingo y vuelve a mirarme de reojo pero supongo que como antaño, ahora que sabe de mi presencia aquí, aprovecha la situación para de nuevo salir a prisa por la puerta seguida de su hombre que no debe entender nada, como yo.
Vuelvo a tocar el pasado otra vez de refilón cuando percibo tras sus pasos el aroma de su colonia favorita.
Definitivamente, aunque ya no seamos las mismas, todavía queda algo de nosotras.

miércoles, 2 de julio de 2008

madre


Mi madre ha perdido la cabeza. Anda sola por una vida extraña contemplando el mundo que no entiende. Mi madre ha perdido la cabeza. Ha perdido también su cuerpo, sus manos, sus ojos, sus palabras cuerdas.
Qué le puede quedar así a mi madre. Una vida de locos. Conversaciones en las que se desorienta. Pensamientos inútiles. Mi madre ha perdido casi todo. Queda esa parte de vida que recuerda
Ahora por ejemplo ella y yo somos hermanas. Las dos esperamos impacientes en la mesa que nos sirvan la comida, estamos en el Madrid de la posguerra. Nuestro padre llegará pronto, traerá naranjas y pasteles. Con papá viene también la alegría, pero creo que me estoy confundiendo, no estamos en Madrid, ahora vivimos en Marruecos. Todavía no ha comenzado la guerra. Aún disfrutamos los tiempos felices en familia, los tiempos en que las moras vienen a la puerta de casa a vender huevos. Yo aprendí a contar del uno al doce. Cuéntanos abuela. Cuéntanos los números en árabe. Cántanos aquel tango tan raro y tan triste. Ella canta, cuenta y ríe, ríe y nosotros, los niños y yo, también reímos y volvemos a pedirle que nos cuente y nos cante.

Luego vuelve a su silencio, a la lectura a oscuras de un periódico repasando titulares, letras bien alineadas que interpreta y no comprende, como una niña, pero ahora con aspecto de adulta; las piernas cruzadas, las gafas caídas.

Llegan también cada día momentos de sospecha, recelo y malicia. Mi madre guarda sus pequeñas cosas en escondrijos perdidos. Esconde su intimidad, esos objetos que no quiere perder porque sabe que si así ocurriera se le escaparía la vida, lo poco que le queda de ella. A veces no encuentra lo que esconde y grita reclamándome, reclamándome entre otras cosas su espacio, el espacio que dice le he arrebatado.

Yo a veces también me vuelvo loca. Me vuelvo loca buscando, buscando las cosas que desaparecen y buscando el mecanismo secreto de su razón. Por que me cuesta hablar diciéndole sí a todo, me cuesta también tratarla pensando que no es ella, me cuesta llevar puesta esta coraza de olvido, me duele este teatro cotidiano del convivir con una extraña, este paripé de hacer como que está cuando ya no sé por dónde anda.

Mi madre también está desesperada sin entender esta situación de locos. No entiende cómo su vida ha cambiado de pronto. No entiende porqué ella antes sí y ahora no puede.


lunes, 31 de marzo de 2008

Reflexiones tras leer El Cuaderno Dorado


En la sociedad en la que resido a menudo me resulta difícil compartir experiencias, sensaciones o vivencias. Por eso tantas veces un libro sigue siendo la mejor compañía. Algunos además te descubren sentimientos ocultos, te hacen reflexionar.
Sentimientos femeninos en una sociedad, en un tiempo en que la liberación de la mujer sigue siendo un proyecto inacabado. Aún, la mujer que opta por la libertad, por la soltería, por no unirse con un hombre, sigue siendo tachada de especial, sigue estando fuera del orden convencional, sigue, al menos así lo siento yo, sintiéndose fuera.

La sociedad de la ciudad en la que vivo, la sociedad en la que me muevo cuando comparto las experiencias escolares de mis hijos, el trabajo en el que paso la mayor parte del día, los medios de comunicación, las vecinas, las conversaciones en la panadería…, esta sociedad tan hipócrita como excluyente.
A medida que leo, me enfrento a las contradicciones con el sexo opuesto, la dificultad en la comunicación, en el trato, las contradicciones entre lo que siento y lo que pienso, eso sobre todo. Siento como me arrastra el peso ancestral de la condición femenina, y aunque quiero salvarlo con el razonamiento no puedo, a veces es más fuerte que yo, es como cuando te emociona una canción cursi y blandengue que sin embargo tu gusto musical detesta. Por eso me enamoro, me venzo ante el hombre que trata de seducirme y me gusta, aún sabiendo que sólo soy para él una aventura sin importancia. Por eso llevo vividas tantas horas de cara a la pared con la cabeza gacha y el gesto a veces torcido, cocinando, fregando platos o planchando.
Reconozco tarde el oculto sentimiento de placer al cuidar a un hombre, cocinar para él, plancharle la ropa, no he tenido que reconocer sin embargo el sentimiento de fastidio al quedarme en exclusiva con la responsabilidad de las tareas domésticas, estaba presente y era obvio.
He experimentado la libertad, la relación libre fuera de parejas estables, fuera de convivencias y convencionalismos, la libertad conmigo misma sola y acompañada. ¿Que con qué me quedo? Pues me quedo con todo. No sé porqué; será esta generación, este momento que me ha tocado, el que me sigue arrastrando a querer vivir tantas experiencias, tantas vidas distintas, eso creo que me ha ocurrido.
Identificar los sentimientos.
Gracias, Doris Lesing.
Hay miedo a pensar lo que se siente, a verbalizar lo que se siente y se piensa. Pero sobre todo hay miedo al abandono. Miedo a perderlo todo, hasta la cabeza.

viernes, 1 de febrero de 2008

gris



El gris no llega a decidirse. Es el color de los días neblinosos, mañanas en las que no puedes distinguir el cielo confundido con el mar, el mismo color pálido ambos, no sabes si vuelan sobre o bajo el agua los pájaros.

El negro y el blanco son colores con personalidad, con carácter, no así el gris que parece mezcla, que parece estar dudando sin lanzarse; color denostado por mestizo con infinitos matices desde los oscuros marengos hasta los pálidos, casi blancos, medio luto, color del vestir en gente seria, de cierta edad.
El gris usado como adjetivo tiene sentido peyorativo: si decimos que una persona es gris, es que resulta triste y melancólica, a otros les dieron un nombre gris aquellos uniformes. La fuente de la bandera en Motril es de color gris como tantos monumentos militares, esa grisura y esa frialdad del granito.

Escribo en un espacio que se me ocurre gris. Escribo aún sabiendo que el texto no será leído, porque no existe dirección a la que enviar, porque tú no compartes este espacio gris invisible en la profundidad de mi pantalla.

Consumiendo mi materia gris, pienso en cómo decirte. Rozo las letras, las teclas, como quisiera rozar tu atención con mis palabras.

viernes, 11 de enero de 2008

el miedo


De niña me asustaba imaginar las tinieblas. Me asustaba el pensar en paisajes fantasmagóricos. Los que veía en las ilustraciones de los cuentos cobraban vida en mi dormitorio por la noche, en la cama, cuando todo estaba oscuro. Me venían a la cabeza entonces, escenas truculentas: la niña sola perdida en el campo, entre las sombras, huyendo de una bruja que sonríe mostrando sus uñas retorcidas… Mi fantasía se encargaba de animar esas criaturas, creando una escena fantasmal: la noche en un bosque de árboles viejos, que miran, hablan y tocan. .
Hoy día temo observar mí alrededor. En el metro no me atrevo a mirar la oscuridad de los túneles, en el avión vuelvo la cabeza a la ventanilla, al vacío, en el autobús cierro los ojos cuando a mi lado aparece un alma siniestra.
De niña la realidad peligrosa me emocionaba, asomarme a un barranco, subirme en la noria, contemplar de cerca una herida abierta me atraían como el imán al hierro.
Hoy el miedo fantástico me produce indiferencia o risa.
Ahora, ya mayor, es la realidad lo que me aterra.